Chispeante...
Eso era, chispeante. Sus ojos chispeantes, su boca chispeante, su cuello chispeante, su cuerpo chispeante. Chispeante, chispeante, chispeante.
Recuerdo lo que solía decir. Tenía la costumbre de hacer referencia a su belleza, decía, siempre con aquella voz cansina, que ella nunca había sido guapa, si no más bien fea, pero fea, fea y que ahora de vieja no iba a ser menos. Solía también mencionar, de manera despectiva, sus posaderas, de ellas decía que eran malformes y demasiado abultadas, pero que a pesar de estos dos claros defectos, llamaba la atención por donde pasaba. Contaba una y mil veces, que así era como lo había conocido y que a pesar de su fealdad y su desproporcionada figura, los hombres se giraban al verla pasar.
Acostumbraba a criticar las formas de realizar cualquier ínfima tarea, por el mero hecho de que no era ella quien la llevaba a cabo, y con su voz desgastada y un tono especialmente seco, era incluso capaz de echarte de su casa. Su carácter era cortante cual cuchilla, frío como un invierno pero con un interior tan blando como una almohada antigua. Su rostro surcado por grandes arrugas recordaba a las páginas envejecidas de un libro de biblioteca, pero sus ojos chipeaban cuando mencionaba su pasado .
Era demasiado orgullosa y testaruda, y cuando empezó a olvidar eso se convirtió en un gran problema. Se incomodaba en cuanto algo le fallaba y no sabía donde encuadrarlo y lloraba como un bebe con la mención de su difunto.
Y es que a pesar de su temperamento y su acidez, cuando sonreía parecía que el sol brillaba más y cuando te abrazaba lo hacía con tal fuerza que tu corazón rozaba la campanilla.
Creedme si os digo que ella era especial, ella, con sus 83 años y una memoria juguetona y traicionera, era chispeante. Sí, chispeante.
Recuerdo lo que solía decir. Tenía la costumbre de hacer referencia a su belleza, decía, siempre con aquella voz cansina, que ella nunca había sido guapa, si no más bien fea, pero fea, fea y que ahora de vieja no iba a ser menos. Solía también mencionar, de manera despectiva, sus posaderas, de ellas decía que eran malformes y demasiado abultadas, pero que a pesar de estos dos claros defectos, llamaba la atención por donde pasaba. Contaba una y mil veces, que así era como lo había conocido y que a pesar de su fealdad y su desproporcionada figura, los hombres se giraban al verla pasar.
Acostumbraba a criticar las formas de realizar cualquier ínfima tarea, por el mero hecho de que no era ella quien la llevaba a cabo, y con su voz desgastada y un tono especialmente seco, era incluso capaz de echarte de su casa. Su carácter era cortante cual cuchilla, frío como un invierno pero con un interior tan blando como una almohada antigua. Su rostro surcado por grandes arrugas recordaba a las páginas envejecidas de un libro de biblioteca, pero sus ojos chipeaban cuando mencionaba su pasado .
Era demasiado orgullosa y testaruda, y cuando empezó a olvidar eso se convirtió en un gran problema. Se incomodaba en cuanto algo le fallaba y no sabía donde encuadrarlo y lloraba como un bebe con la mención de su difunto.
Y es que a pesar de su temperamento y su acidez, cuando sonreía parecía que el sol brillaba más y cuando te abrazaba lo hacía con tal fuerza que tu corazón rozaba la campanilla.
Creedme si os digo que ella era especial, ella, con sus 83 años y una memoria juguetona y traicionera, era chispeante. Sí, chispeante.
Primera entrada. Para mí, el principio de algo más que eso. Escribo y siento siento y escribo.

1 comentario:
Mmmm, interesante comienzo. Ya tienes un seguidor :)di
Publicar un comentario