
La última vez que escribí sobre ella, la noche ya era dueña y señora de la capital. Las gentes paseaban marchitas y un frenético ir y venir mareaba entre las calles repletas de historia.
Esa noche ella volvió a mi, sigilosa y pausada, regresó a mi mente para, una vez más, torturarme y recordarme lo que un día había sido. Su imagen se posó en mí, al igual que una mariposa se posa sobre una flor el día que ha legado su fin, sutil pero decidida. Era magnífica y otra vez estaba pletórica, y lo sabía, a decir verdad siempre lo sabe todo, siempre abusaba de sus cualidades, abusaba de todo... Digna inteligencia de dientes ponteagudos y lengua de rayo, capaz de hacer sombra a uno de esos "diablillos primitivos". Mordaz y sagaz, mejor dicho, todo adjetivo con terminación -az. Viva, expresiva, su sola presencia eclipsaba todas las almas, la suya, algo más pesada, apostaría que alcanzaba los 22 gramos, siempre demás. Belleza sobrenatural, abrumadora. Dueña del todo y señora del devenir; cuando canturreaba su dulce voz, nada importaba más que dichas palabras, de su bocapiñon siempre eran sabias.
Recuerdo a la perfección el día en que Seth me preguntó por Samantha.
- Pero si estas enamorado de ella ¿ Por qué no se lo dices?
Yo, carcajeándome, respondí.
- ¿ De veras crees que no lo sabe? Samantha es luz, es agua, es paz, es guerra, Samantha es todo y también es nada. Es imposible que yo esté enamorado de ella, tiene que ser mucho más, mucho más Samantha.
Sí, Samantha y no Sam. Y es que la pelirroja odiaba a la gente que acortaba los nombres; "aberración" decía articulando cada una de las sílabas.
Samantha a secas, siempre Samantha.
