
Tenía la fea costumbre de hacer como quien no escucha, pero al mismo tiempo acumulaba en su diminuto cerebro toda aquella información sustancial. No era una persona miedosa, no temía a la soledad, ni a la muerte, ni a la vida, ni a la oscuridad, solía alardear de cada uno de esos detalles con grandioso poder, pero, porque siempre hay un pero, había un detalle que siempre eludía, que omitía con todo rigor sin darse cuenta de las consecuencias. Y es que Benny, pues así se llamaba, tenía miedo de soñar.
Recuerdo a la perfección una tarde en un café, entre tanto y tan poco salió a relucir el tema tabú. Margaret contaba emocionada como había soñado con que un hombre, un total desconocido, le hacia el amor apasionadamente sobre el poyete de la cocina. Como estaba entre amigos lo contaba con total precisión, con toda la precisión que te permite un sueño sentir. Yo empecé a apreciar un leve titubeo en sus labios, las piernas le temblaban considerablemente, mientras sus manos no dejaban de estrujar, una tras otras, servilletas de publicidad. Coloque mis dedos sobre su rodilla acariciándola levemente y poco a poco fui apretando con fuerza con el fin de que cesara toda esa marea. Demasiado tarde, el ya no atendía a razones. El pánico había invadido cada una de las partes de su cuerpo. Se vio a si mismo soñando, sintiendo ese calor irreal, esos falsos labios, esas dulces manos. Los ojos comenzaron a llorarle, pero solo yo me percaté. Era su confidente y jamas había pensado en delatarlo, hasta ese preciso instante. Abrí la boca pero no logré articular sonido y sentí como sus ojos se clavaban en los mios pidiendome perdón por lo ocurrido, perdón por no saber controlar su miedo, perdón por perder la fuerza, por el miedo, perdón por su puta debilidad traicionera.
Sin avisar ni despedirse cogió el abrigo y salió a la intemperie. Los chicos me miraron, conocían nuestra conexión.
- ¿Hemos dicho o hecho algo ofensivo?- preguntó Ronald.
Yo me encogí de hombros, había perdido con aquella mirada todas las fuerzas y me sentía cansada y triste.
- Es un solitario. Supongo que para él esto solo son meros tramites dentro de una amistad. No comprende los conceptos, esta cansado y busca estar consigo mismo. Ya sabéis, cuando las cosas le saturan, le superan, huye.
- Como un cobarde.- se aventuro Amandine.
La miré con ojos cansados.
- No creo que tu logres entenderlo. El no conoce la cobardía. Él huye para protegernos a todos, para luego ser capaz de mirarnos a los ojos. Huye por nosotros. La huida para el es un sacrificio, y el dolor que le produce es tal que solo quiere desaparecer. Pero a pesar de todo siempre esta aquí, cada día, cada semana. Por que es un solitario que no sabe entenderse a si mismo.
Me levanté mirando a los chicos, me puse el abrigo, saque unas monedas del bolso y las coloque en la mesa diciendo que se cobraran lo mio y lo suyo.
Caminé sabiendo exactamente donde lo encontraría. El parque era especialmente bonito. Todas las flores estaban bañadas por la deliciosa luz del atardecer. Se olía a tierra húmeda y a césped recién cortado.
Benny estaba acurrucado en un banco de piedra, con los brazos alrededor de las piernas, se sujetaba el corazón. No me miró cuando me senté a su lado, ni cuando lo abracé. Lloraba desconsolado y en silencio, las pequeñas sacudidas de su cuerpo hacían vibrar el banco por segundos. Acerque mi boca a su oreja, la besé con ternura.
- Shhhh.- Lo abracé con mas fuerza impregnándome de su olor. Inspire con fuerza.- Hueles a lluvia, Príncipe de Cristal.
Fue como si hubiera accionado un interruptor. El llanto cesó. Note como en su cara se formaba una mueca similar a una sonrisa, y entonces me abrazó. Nunca nadie me había abrazado con tanta violencia, desesperación, amor, dulzura, frialdad y calor.
- Príncipe de Cristal.- Los pájaros alzaron el vuelo y una débil carcajada envolvió el lugar.
Por la igualdad.
