lunes, 26 de octubre de 2009

Las sirenas.

Las flores crecen con el tiempo, los frutos cambian su sabor, las mentiras ya ni rozan la verdad del corazón.

Es en los momentos pequeños, o en las grandes situaciones cuando lo ves con mayor claridad. Te miras a un espejo y ves un rostro inmaculado, iluminado, propio y único. Ojos centelleantes, sonrisa permanente y risas alocadas por doquier. Pareces estar echo para eso, sí, eso es lo tuyo, pintar escalofríos y besar suavemente los susurros. Son las caricias las que te hacen mas fuerte, pero no lo ves, tu no lo ves, no lo notas hasta ese dichoso momento. Entonces se te encienden las orejas, leves tartamudeos, cantos de sirenas. Esa sirena escondida, encogida en lo más hondo, la misma que hasta hace unos meses desconocía su existencia. Es verdadera, fiel, pausada y tranquila. Aleteos en el corazón y burbujeos estomacales. Descubres que puedes ver todo de otra forma, como si antes ese papel no fuese el tuyo, como una pésima interpretación en un ruidoso teatro. Te desnudas, dejas de decir adiós, para no decir nada, para solo respirar y sentir. Lo dejas todo por miradas. Los suspiros expresan palabras, solo audibles para los oídos austeros y tenaces. Para los tuyos, los mios a la vez.
Es un para todos y un para nadie.
Un no hacerse grande, un querer y querer,
un permanente, un sin rumbo...
para crecer y no crecer.

Mi luz, mi estrella. Tu luz, tu estrella.