
Cuando empezó a llover supo que ya no lo echaría más de menos. En el preciso momento en el que el cielo estallaba en quejidos y lágrimas se percató de aquello que nunca antes había querido oír. Se dio cuenta del tiempo perdido y del manto de soledad con el que ella misma había cubierto a su alrededor, asolándolo todo como la marea. Su no estar y su no ser la habían convertido en un amasijo de huesos y carne que vagaba a tientas sin encontrar figura coherente en la que fijarse. Sí, él había creado semejante bestia, pero por eso mismo, y por lo vivido, tenía que darle una lección a su propia moralidad. Era inútil ver la vida tras el grueso cristal, y a demás, se estaba empezando a cansar de respirar con normalidad. Y esa tarde, con un estridente murmullo de fondo se liberó de las penas, pintó sus labios color violeta, un poco de colorete para su pajizo rostro y su pelo rizado al natural. Buscó en el armario, en el baúl, en los cajones, y no paró hasta que encontró aquel vestido de flores. "El último y el primero". Ya estaba lista. Abrió todas las ventanas, dejó que la brisa húmeda empapase el salón y mirándose las manos se recostó en el sofá. Encendió la televisión y dejó de pensar.
- Ya no estas.- Sonrió dejando todo lo demás atrás.
Siempre nos merecemos lo mejor, aunque lo veamos lejano e imposible. Corazón.

3 comentarios:
tanta descripción abruma.
tony.
Absurdeces en todo caso..
cuándo odio respiro en el ambiente, de verdad.
Odio ninguno, ninguno.
:)
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